Suelo trabajar con equipos directivos, CEO’s, CFO’s, y dueños de empresas de distintos tamaños. A veces el trabajo viene referido por un cliente de coaching quien pertenece al comité directivo, y otras, simplemente por una recomendación.

En casi todos los equipos con los que he trabajado, la “confianza” y la “colaboración” han sido temas ineludibles a tratar. Simplemente no se puede hablar de equipo si no tenemos confianza y si no aprendemos a colaborar juntos. Pero eso, tan deseable y necesario, es la mayoría de las veces un gran desafío.

En el caso que les voy a compartir, el tema de la confianza ya lo habíamos estado trabajando por algún tiempo, logrando avances notables e inyectando la vida de equipo con un espíritu de entusiasmo que muchos habían creer perdido.

Pero todo lo ganado no es razón para bajar la guardia. El Covid y todo lo que aquello trajo a nuestras vidas, una avalancha de emociones -entre ellas el miedo- y los cambios recientes que se apresuraron a desdibujar nuestra forma de trabajar, removió los cimientos de aquello que veníamos trabajando con tanto ahínco.

No era anormal asumir que ante un suceso de tamañas dimensiones, la realidad anterior quedara como un tiempo hermoso que ya se veía con distancia. Ahora, era necesario reinventarse y hablar con franqueza de una “nueva normalidad”, aunque nadie sabía demasiado bien qué significaba aquello. Muchas cosas habían cambiado alrededor.

Muchas cosas habían cambiado y seguían cambiando dentro de cada uno. Por una la velocidad, por otra la flexibilidad necesaria para responder a demandas que nunca se habían enfrentado, la toma de decisiones -ahora era más importante que nunca-, la valentía y la capacidad de delegar en otros para no morir de exceso de trabajo, en un mundo en que la palabra VUCA había tomado otra dimensión de lo que creíamos posible.

Y ahí estábamos. En una sesión de equipo en la que sus líderes sabían que tenían que reinventar la manera en que se relacionarían, cómo tomarían decisiones, qué sería lo importante, qué debían soltar. En un ambiente tan incierto, yo llegaba allí a “facilitar” una sesión en la que reinaba la incertidumbre.

Entregué lo que llamo un “koosh-ball”. Es una pelota pequeña, suave, que representa el dueño de la palabra. Solamente el que tiene esta pelota puede hablar y lo hace hasta que siente que ha terminado, mientras los otros le escuchan atentamente. Escuchan para “comprender”, y no para “responder”, porque esto no es una conversación, no hay debate, no hay respuestas, hay sólo un compartir lo que es importante en ese momento para cada uno.

El silencio era absoluto. Las caras, de seriedad. Cada uno se tomó su tiempo para responder a la pregunta que ofrecí para iniciar el taller: ¿cómo llegas a la sesión de hoy y qué es importante para ti que se resuelva el día de hoy?

Mientras todos hablaban, yo tomaba notas. En mi experiencia, las personas cuando están realmente involucradas y se les da el tiempo y la escucha, dicen cosas increíblemente estructuradas sin saber que lo hacen. Estos mensajes son muy importantes de capturar porque representan muchas veces síntesis de la realidad personal y grupal, que desde la primera persona no suelen percibirse.

Cuando todos terminaron de hablar, yo tenía muy claro cuáles eran los elementos que constituían lo que llamo “los jugadores del partido”. Estos los presenté en un flipchart ante todos. Estas palabras resonaron y quizás se agregó alguna.

La ronda inicial había servido para traer a la consciencia colectiva cuáles eran los puntos más importantes, pero ahora era necesario dar un paso adelante y abrir espacio a una conversación profunda y estratégica acerca del futuro próximo. Necesitábamos profundizar. Y cuando profundizar es lo que toca, la mente sola, y el estar sentados, te juega malas pasadas.

Así es que armada con mi maleta de materiales, saqué una cinta de pintor y unos círculos de papel y puse el nombre de cada uno de estos elementos en uno de ellos. Cogí la cinta de pintor, la extendí sobre el suelo dibujando una línea de lado a lado de la sala: esto representaba el “techo” en el cual el equipo se hallaba detenido a día de hoy.

De un lado del techo estaba el HOY, y el pasado, y del otro el MAÑANA. En algún punto del mañana, de ese futuro medio estaba el PROPÓSITO. Con estos elementos estando claros, era fácil generar el marco sobre el cual íbamos a observar su relación.

Instruí a cada miembro del equipo para que cogiera uno de los papeles y los colocara en el lugar que consideraba representaba su posición actual. Cada círculo de papel tenía dibujada una flecha interior, para indicar hacia dónde “miraba”. No era lo mismo estar en el “techo” mirando hacia el pasado, que desde el techo mirando hacia el futuro. Cualquier diferencia en posición reflejaba una lectura distinta de la situación actual y de las posibilidades que contenía.

Entre todos y en silencio, mientras cada uno recorría y percibía el modelo que habíamos creado en el suelo, se fue articulando la “foto” de la realidad actual. Les di un momento para observar el diseño que ellos mismos habían creado. En ese silencio compartido, se empezaron a revelar emociones, ideas, caras de sorpresa.

Y luego la pregunta que inició la cosecha de la reflexión más importante del encuentro: ¿qué podéis interpretar y deducir de la foto que habéis pintado en el suelo? Una gran conversación se generó a partir de la descripción que cada uno hizo de la posición en la que había colocado su círculo.

De pronto, estaban hablando con claridad y valentía sobre aspectos que anteriormente les habían parecido velados. La configuración generaba preguntas y generaba también certezas, acuerdos sobre visiones del presente y del futuro que antes no habían sido percibidas ni nombradas.

¿Cómo percibe cada uno su posición?, ¿cuál es su relación con los otros elementos? Tras haber explorado suficientemente, nos movimos a la siguiente pregunta que nos ayudaría a converger y a dibujar un futuro de manera consensuada: ¿cuál sería un lugar mejor para los elementos?, ¿cómo se siente ahora esta configuración?

La sesión devolvió el diálogo y la alineación que el equipo había perdido o más bien extraviado en medio de la crisis del Covid, de todos los cambios que esto había implicado para la empresa y de la velocidad que los últimos tiempos se había apoderado de sus interacciones.

Situaciones como esta, se dan en muchas empresas. Es muy difícil facilitar desde dentro del equipo una sesión así. La presencia de un facilitador sistémico que acompañe a las personas a poder observar, explorar, profundizar y decidir, hace una diferencia notable en la calidad de las conversaciones y de las conclusiones a las que se llegan.

Ani Valenzuela

Facilitadora Sistémica, Psicóloga / Coach y Formadora de Equipos. Docente en cursos de post-grado en universidades de España y Francia.