Caminar el conflicto para comprenderlo

En las organizaciones, el conflicto suele vivirse como algo incómodo, disruptivo o incluso como una amenaza. Por eso muchas veces se evita, se esconde, o se tapa bajo la urgencia del día a día. Sin embargo, desde la Facilitación Sistémica, entendemos el conflicto como una puerta. Una puerta que, aunque duela, nos invita a mirar más profundamente el sistema, sus tensiones, sus necesidades no escuchadas y su potencial de transformación.

 

Uno de los ejercicios que más impacto genera en nuestras formaciones con líderes es el trabajo vivencial con la llamada “escalera del conflicto”. En el suelo, cartulinas representan cada uno de los peldaños por los que escalamos cuando no atendemos lo que emerge: incomodidad, incidente, malentendido, tensión y, finalmente, conflicto. Lo interesante no es solo comprender este modelo de forma intelectual. Lo potente es caminarlo. Literalmente.

Invitar a los líderes a que traigan una situación real de tensión en su organización y recorran hacia atrás el camino de esa experiencia, paso a paso, deteniéndose a observar en qué momento dejaron de prestar atención.

Porque casi siempre ocurre lo mismo: cuando una persona se permite mirar honestamente una situación conflictiva, se da cuenta de que hubo señales antes. Una incomodidad que no se nombró. Un gesto que se interpretó, pero no se aclaró. Un comentario mal entendido, una suposición, una emoción negada. Lo que parecía “de repente estamos en conflicto”, en realidad es el resultado de una cadena de momentos no atendidos. De conversaciones que no se tuvieron a tiempo. De silencios que pesaban más que las palabras.

Y aquí viene un punto clave: en las organizaciones no nos falta buena voluntad, lo que nos falta muchas veces es tiempo, cultura o espacios para poder hablar cuando aún estamos a tiempo. Es mucho más sencillo facilitar espacios donde aclarar malentendidos, cuando todavía hay buena voluntad y energía disponible. Pero cuando llegamos al territorio del conflicto abierto, donde ya hay dolor acumulado, polarización o desconfianza, entonces sí suele ser necesario el acompañamiento de un facilitador profesional. Porque ahí ya no solo estamos resolviendo un problema: estamos reparando una relación.

Una de las cosas más bellas de este trabajo es ver cómo, cuando las personas se detienen a observar, se abren otras perspectivas. Dejan de ver al otro como amenaza y comienzan a ver el sistema en el que ambos están conviviendo. Dejan de buscar culpables y empiezan a detectar patrones. Se dan cuenta de que lo que está pasando “con” el otro también habla de algo “entre” nosotros, y más allá de nosotros: el ritmo de trabajo, la manera en que tomamos decisiones, la forma en que comunicamos las prioridades o sostenemos (o no) las emociones que emergen.

En estos espacios, el aprendizaje que emerge no es de recetas o soluciones externas, sino una comprensión más amplia de cómo funciona el sistema y de qué necesita para poder avanzar con más coherencia. La tensión deja de vivirse como un obstáculo y se convierte en una aliada. Nos muestra lo que falta. Lo que ya no funciona. Lo que pide ser actualizado. Nos da pistas sobre cómo sostener conversaciones más honestas, sobre cómo distribuir mejor el poder o cuidar mejor los vínculos.

Por eso, en lugar de evitar el conflicto, podríamos comenzar a preguntarnos: ¿cómo podemos crear espacios seguros donde lo pequeño se pueda hablar, donde las incomodidades no tengan que escalar? ¿Cómo podemos desarrollar la sensibilidad para detectar los primeros signos de tensión y abordarlos con honestidad antes de que se vuelvan irreversibles?

Y también: ¿cómo podemos acompañar a los líderes y equipos a caminar el conflicto como un camino de conciencia, de responsabilidad compartida y de evolución?

El conflicto no es el problema. El problema es lo que no nos permitimos mirar.

Bugui García

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